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Glaciares que agonizan


Recopilación de datos sobre la pérdida de hielo en Bolivia

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El glaciar del Huayna Potosí, situado en Bolivia, sigue perdiendo espesor y retrocediendo cada año. Con el apoyo que prestan la FAO y el OIEA a través del Centro Conjunto FAO/OIEA y del Programa de cooperación técnica del OIEA, los científicos están instalando sensores para monitorear la acumulación de nieve. Los datos recopilados ayudan a los agricultores y los encargados de formular las políticas a mitigar los problemas de escasez de agua que plantea el retroceso de los glaciares. © Gerd Dercon

21/03/2025

En el glaciar del Huayna Potosí, situado en Bolivia a 5 100 metros sobre el nivel del mar, el aire contiene poco oxígeno debido a la altitud. Ráfagas de viento intensas y constantes, esculpen un paisaje en el que se combinan la resistencia y la erosión. En la ladera de la montaña hace frío, pero no siempre hiela.

Antes el valle estaba cubierto por una capa espesa de hielo azul, pero ahora la roca desnuda sobresale como un hueso al descubierto. En el glaciar de la zona occidental del Huayna Potosí, el hielo desaparece y retrocede a un ritmo de aproximadamente 24 metros al año. A medida que retrocede va dejando rocas al descubierto, y el agua del deshielo ha formado un lago, una masa de agua que no existía en 1975 y que marca los antiguos límites del glaciar.

Antes del amanecer, un equipo formado por científicos de los Andes y el Himalaya —en representación de la Argentina, Bolivia, Chile, China, el Ecuador y Nepal— se levanta para comenzar el ascenso de la montaña, consciente de que debe regresar antes de que oscurezca, ya que al anochecer aumenta el riesgo de accidentes. La altitud dificulta la respiración, lo que les obliga a moverse despacio. Caminan en fila india, procurando sortear grietas ocultas que podrían tragarse a una persona entera. Instalan en el centro del glaciar una máquina formada por un conjunto de paneles y cables para interpretar pacientemente el silencio de las montañas.

Cuentan con la asistencia técnica de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) a través del Centro Conjunto FAO/OIEA de Técnicas Nucleares en la Alimentación y la Agricultura y con el apoyo logístico y financiero del Programa de cooperación técnica del OIEA.

Este sensor de neutrones de rayos cósmicos, uno de los dos sensores que los científicos han instalado cuidadosamente en el glaciar, mide de forma sencilla, rápida y continua el volumen de agua que se acumula sobre el glaciar en forma de nieve. Esta nieve mantiene vivo el glaciar. La información que obtienen con cada medición indica que el hielo del glaciar está disminuyendo.

La disminución del glaciar no solo implica la pérdida de paisajes naturales, sino que también afecta negativamente a las personas que dependen del hielo para obtener agua. Los datos que los científicos están recopilando en estos glaciares de alta montaña están ayudando a los investigadores a predecir los efectos en cascada causados por la pérdida de hielo en los ecosistemas y las comunidades locales a fin de encontrar maneras de adaptarse.

Si continúan las tendencias actuales, el glaciar de la zona occidental del Huayna Potosí —una importante fuente de agua potable— podría desaparecer por completo en 20 años. © Edson Ramírez

El dispositivo permanecerá en el glaciar mucho tiempo después de que los científicos desciendan y transmitirá vía satélite señales más allá de las montañas, a modo de memoria digital con información sobre lo que el hielo ya no puede retener.

“El actual retroceso de los glaciares funciona como un termómetro que refleja la aceleración de los cambios del clima, y el rápido ritmo al que esto sucede es una señal del peligro que supone el aumento de las temperaturas mundiales”, afirma Gerd Dercon, Jefe del Laboratorio de Gestión de Suelos y Aguas y Nutrición de los Cultivos del Centro Conjunto FAO/OIEA. “A medida que el hielo se derrite y se vuelve a congelar, no solo quedan patentes los cambios en el clima, sino también que la civilización humana depende en gran medida de estas reservas de agua congelada”.

Los cientos de miles de personas que viven en los valles dependen del agua del glaciar. Las llamas y las alpacas pastan en las fértiles praderas, cuyos pastizales se nutren del agua del deshielo estacional que ha dado forma durante siglos a este ecosistema de alta montaña. Los agricultores también dependen del agua del deshielo para regar sus cultivos y alimentar a su ganado, y cerca de un millón de habitantes de El Alto, una ciudad cercana a La Paz, la capital de Bolivia, dependen de ella como fuente de agua potable.

Durante generaciones, estos campos de hielo han constituido un vínculo invisible entre la montaña y las personas que vivían a su pie, al liberar agua a un ritmo que permitía que la vida floreciera. Ahora, la situación ha cambiado.

Las razones son evidentes. El aumento de las temperaturas mundiales está derritiendo los glaciares en todo el planeta, pero en el caso de Bolivia, la crisis se está acelerando. Los fuertes vientos transportan los sedimentos de las zonas libres de hielo y los depositan en el glaciar, oscureciendo su superficie y aumentando la absorción de calor.

Mediante el análisis de los sedimentos procedentes de las zonas que han quedado al descubierto por el deshielo glaciar y que se acumulan en lagos y embalses, los científicos no solo están estudiando el efecto del retroceso de los hielos en la distribución de los sedimentos, sino que también están descubriendo otros cambios ambientales más amplios. Estos cambios debidos al clima pueden incidir en la fertilidad del suelo y en la calidad y la composición química del agua.

Fenómenos meteorológicos cíclicos como El Niño intensifican el calentamiento, lo que hace que las precipitaciones sean irregulares y que el hielo se derrita más rápido. Según las previsiones de los científicos, si se mantienen estas tendencias, el glaciar de la zona occidental del Huayna Potosí, fuente importante de agua potable y considerado eterno por los lugareños, podría desaparecer por completo en 20 años.

“No se podrá impedir el retroceso del glaciar”, dice Dercon. “No obstante, tenemos que almacenar el agua de distintas maneras”. En Bolivia, las comunidades han construido más embalses, incluidos de menor tamaño, han dragado algunos embalses antiguos y han aumentado la altura de los muros de las presas. Además, es necesario trabajar la tierra de manera diferente, de forma que pueda retener el agua en lugar de evacuarla, aumentando la absorción del suelo. En este sentido, reforestar la zona con árboles autóctonos y frenar el sobrepastoreo de las llamas y el ganado son cambios fundamentales que favorecen la salud de los suelos y ayudan a regenerar la tierra.

Los científicos instalan un sensor de neutrones de rayos cósmicos para monitorear la acumulación de nieve y el deshielo. Estos datos ayudan a hacer un seguimiento del retroceso del glaciar y de las repercusiones de este fenómeno en los recursos hídricos locales. © Gerd Dercon

La primera etapa fundamental, que es también uno de los principales objetivos de las expediciones, consiste en concienciar a los responsables de la toma de decisiones y movilizar recursos para hacer frente a los cambios que se avecinan. Del mismo modo, se ha establecido una red internacional para hacer un seguimiento de los glaciares en los Andes y el Himalaya. Esta red ha proporcionado información sobre los efectos del cambio climático en las zonas del planeta que están cubiertas de hielo (conocidas como la “criosfera”) y sobre cómo el retroceso de los glaciares también afecta a las personas que viven aguas abajo.

Lo cierto es que estos glaciares, que antes se creía que eran inmutables, están desapareciendo más rápido de lo previsto.

Ha llegado el momento de conservar lo que queda de ellos. Las instituciones gubernamentales y los agricultores que viven en el altiplano boliviano están tratando de captar el agua que se libera con embalses y presas para tener una mayor capacidad de amortiguación. Además, se están formulando nuevas disposiciones sobre el uso del agua a fin de evitar conflictos en el futuro.

Al colaborar con las autoridades y los agricultores para encontrar estas soluciones a partir de los datos recopilados sobre los glaciares, los científicos capacitados por la FAO y el OIEA a través del Centro Conjunto FAO/OIEA y el Programa de cooperación técnica del OIEA ayudan a sensibilizar y encontrar soluciones en un mundo que algún día podría quedarse sin glaciares.

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