La FAO, mediante cursos de capacitación que combinan la experiencia sobre el terreno con prácticas basadas en la investigación, está ayudando a Maryam y a otras agricultoras a reforzar la producción de pistacho ante unas condiciones cada vez más difíciles, marcadas por la sequía y la escasez de agua. © FAO/Faranak Bakhtiari
Al alba, Maryam Gholam Alizadeh, de 42 años, se abre paso entre las hileras de pistachos. La plantación es baja y extensa, y sus hojas capturan la escasa humedad de la mañana.
En una hectárea de tierra cada vez más seca, hay más de 700 árboles que requieren atención especial. Maryam se detiene, examina una hoja y luego el suelo debajo de ella, lo que le permite localizar algunas señales que orientan decisiones con poco margen de error. El calor, la escasez de agua y la contaminación pueden deshacer el trabajo de toda una estación. Como agricultora, y especialmente como mujer, sabe que el acceso a conocimientos técnicos fiables y a la capacitación —algo que no siempre se garantiza a las mujeres de muchos países— resulta tan fundamental como el agua misma.
Maryam lleva más de seis años cultivando pistachos. Tras formarse en investigación agrícola, regresó a la agricultura por interés personal y por su fuerte vínculo con la tradición local. Primero aprendió de los productores expertos de su comunidad, y después perfeccionó su método mediante la observación y la práctica en sus propios campos.
La combinación de conocimientos teóricos y experiencia sobre el terreno definió su planteamiento de las sesiones de capacitación establecidas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en colaboración con el Ministerio de Agricultura de la República Islámica del Irán.
Estas sesiones de capacitación, impartidas en colaboración con el Instituto de Investigación del Pistacho, formaron parte de un proyecto destinado a mejorar la producción y la exportación del pistacho mediante técnicas prácticas basadas en la investigación y diseñadas para su uso directo en los huertos. La capacitación también se centró en la gestión de los problemas específicos de esta zona de Rafsanyán, corazón de la industria del pistacho de la República Islámica del Irán, que son, principalmente, la escasez de agua y la variabilidad del clima.
Tras seis años de experiencia en la gestión del huerto, Maryam ya estaba muy familiarizada con estos problemas, pero necesitaba instrumentos que pudieran utilizarse de inmediato.
“En los últimos años hemos tenido muchos problemas”, comenta. “La baja eficacia en el uso del agua ha reducido la productividad, y los fenómenos meteorológicos extremos han afectado a los árboles”.
En los cursos de capacitación apoyados por la FAO se vinculan los conocimientos científicos con las decisiones cotidianas relativas a los huertos, lo que ayuda a los productores a utilizar el agua de manera más eficiente, reducir los riesgos de contaminación y mejorar la productividad a largo plazo. © FAO/Faranak Bakhtiari
Esa inmediatez era importante porque durante el período vegetativo sus días están planificados y repletos de actividad: Maryam se encarga de controlar las plagas, podar las ramas dañadas y preparar el huerto para la cosecha, y se adapta constantemente a las condiciones difíciles sufridas por los árboles.
Otra grave amenaza a la que se enfrentan los productores de pistacho es la contaminación por aflatoxinas. La aflatoxina es una sustancia tóxica producida por algunos hongos que se desarrolla cuando los pistachos están expuestos a altos niveles de humedad, sufren daños por plagas o se manipulan de forma inadecuada. Su presencia puede provocar que los mercados de exportación rechacen cosechas enteras, lo que afecta los ingresos de los agricultores y supone una amenaza para la competitividad de uno de los cultivos más importantes del país.
Ante esta situación, expertos de la FAO visitaron laboratorios especializados a fin de analizar los procedimientos de muestreo y los métodos analíticos utilizados para detectar la contaminación por aflatoxinas en el pistacho. A continuación, se comunicaron a los técnicos, los investigadores y las instituciones técnicas los resultados de estas evaluaciones y las normas reconocidas internacionalmente, lo que contribuyó a reforzar el control de la calidad a lo largo de la cadena de valor del pistacho.
Expertos de la FAO visitaron laboratorios especializados a fin de analizar los procedimientos de muestreo y los métodos analíticos utilizados para detectar la contaminación por aflatoxinas en el pistacho y compartir las mejores prácticas internacionales. © FAO/Faranak Bakhtiari
Tras aplicar las nuevas técnicas aprendidas en las sesiones de capacitación, Maryam empezó a observar cambios evidentes: la gestión de su huerto se volvió más predecible, la salud de los árboles se estabilizó y la producción mejoró de forma gradual. “Muchos problemas resultaron más fáciles de resolver una vez que comprendimos las causas”, afirma.
Asimismo, Maryam logró un mayor reconocimiento en la comunidad agrícola gracias a esta experiencia y, al compartir lo aprendido con los demás productores, contribuye a aumentar la resiliencia en toda la región.
El interés de Maryam va más allá de su propia plantación: tiene tres hijos, y espera transmitirles tanto la tradición como las competencias que ha desarrollado. “Los pistachos son más que un cultivo”, comenta mientras acaricia una hoja entre sus dedos. “Son nuestro patrimonio, los ingresos de nuestra familia y nuestro futuro”.
En el plano nacional, con el programa del pistacho de la FAO se han reforzado las capacidades técnicas de más de 700 productores, elaboradores, comerciantes, oficiales de extensión y expertos de laboratorio en las principales provincias productoras de pistacho de la República Islámica del Irán, lo que ha contribuido a mejorar la productividad, el control de las aflatoxinas y la resiliencia en un sector que abarca más de 445 000 hectáreas y representa más del 21 % de los huertos frutales del país.
Este artículo forma parte de una serie dedicada a las agricultoras de todo el mundo, desde productoras, pescadoras y pastoras hasta comerciantes, científicas agrícolas y empresarias rurales. El Año Internacional de la Agricultora (2026) reconoce su contribución esencial a la seguridad alimentaria, la prosperidad económica y la mejora de la nutrición y los medios de subsistencia, a pesar de la mayor carga de trabajo, las condiciones laborales precarias y el acceso desigual a los recursos. Con él se exhorta a la acción colectiva y a la inversión para empoderar a las mujeres, en toda su diversidad, y construir un sistema agroalimentario más justo, más inclusivo y sostenible para todos.
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