Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

Eve Crowley: “Transformar los sistemas agroalimentarios es un acto de justicia y esperanza”

13/01/2026

©FAO/Max Valencia

* Esta entrevista es parte de una serie de conversaciones con ex funcionarios de FAO para América Latina y el Caribe en el marco de la celebración de los 80 años de la Organización. En la instancia se les solicitó reflexionar sobre los principales hitos de su gestión y recordar cuáles fueron sus principales desafíos.

Con una larga trayectoria en la FAO, Eve Crowley ha sido testigo y protagonista de una Organización en constante evolución y de una región que dio pasos firmes hacia el hambre cero. En esta conversación, Crowley recuerda cómo la pandemia de COVID-19 quebró inercias y aceleró un nuevo modo de trabajar “ágil, coordinado y virtual” que permitió sostener el comercio y los canales alimentarios, a la vez que orientó políticas públicas en tiempo real. También destaca el liderazgo regional en la lucha contra la malnutrición, el avance en cambio climático y biodiversidad, y el posicionamiento de la FAO junto a comunidades históricamente rezagadas: pueblos indígenas, mujeres rurales y pequeños productores. 

¿Qué significó para usted haber trabajado en la FAO? ¿Hay alguna situación o historia que recuerde o que haya sido importante para usted? 

Trabajar en la FAO ha sido una de las experiencias más significativas de mi vida personal y profesional. Llegué con la convicción de que la alimentación es un derecho humano y la base de la dignidad. Y durante más de 25 años he tenido el privilegio de acompañar a comunidades rurales resilientes y creativas, y también de ver cómo la FAO ha sabido transformarse. 

Con el doctor Jacques Diouf, el foco era aumentar la productividad para eliminar el hambre y comenzábamos a hablar de sostenibilidad y desarrollo rural integral. Luego, bajo el doctor José Graziano da Silva, el mundo se dio cuenta de que el problema ya no era la cantidad de alimentos, sino el acceso. Por eso impulsamos políticas de protección social, alimentación saludable y abordamos por primera vez el cambio climático y la biodiversidad. Y con el doctor QU Donyu, el énfasis ha estado en la transformación de los sistemas agroalimentarios, la innovación tecnológica, el uso de inteligencia artificial y big data, sin perder de vista el enfoque en quienes más lo necesitan. 

A lo largo de estas décadas, la FAO ha mantenido su compromiso con los territorios y grupos más dejados atrás. Y eso ha marcado una diferencia. América Latina y el Caribe es la región que más ha avanzado hacia el hambre cero. Vimos cómo muchos países de la región dejaron atrás la categoría de ingresos bajos y medios bajos, cómo las zonas rurales cambiaron radicalmente, cómo políticas como la alimentación escolar, los mercados mayoristas o la reducción de la pesca ilegal y la deforestación se consolidaron. Me siento profundamente agradecida de haber sido parte de ese camino colectivo, de ver la transformación de los sistemas agroalimentarios. Esto no era y no será solo un reto técnico: es un acto de justicia, esperanza y compromiso con el futuro. 

¿Cuáles considera que fueron los mayores desafíos de la región en términos de alimentación y agricultura durante su periodo en la FAO? Y cómo evalúa la respuesta de la FAO a la pandemia de COVID-19. 

Durante mi gestión, uno de los mayores desafíos, sin duda, fue el aumento en la pobreza, la inseguridad alimentaria y la disrupción de las cadenas alimentarias debido a la pandemia de COVID-19. El encierro, el aislamiento, el miedo al contagio al comprar alimentos, la especulación ante una posible escasez, y países miembros pidiendo orientación experta a la FAO sobre cómo mejorar sus políticas públicas y programas para enfrentar esta situación incierta, generaron mucha demanda y visibilidad para FAO… y también mucho estrés. 

Había que decidir si mantener o no la alimentación escolar, las transferencias en efectivo, o entregar canastas de alimentos a hogares vulnerables. Encontrar el modo más efectivo y rápido para convertir la comercialización de alimentos frescos en un comercio en línea era una tarea urgente. Sentíamos que cada minuto que pasaba sin respuesta aumentaba la vulnerabilidad de personas ya en situación crítica: niñas y niños, mujeres, pequeños agricultores, pescadores artesanales, pueblos indígenas, afrodescendientes, adultos mayores y juventudes rurales. 

Y esto en un contexto en que la FAO también había cerrado oficinas, prohibido viajes y vivía la incertidumbre de cómo cumplir su misión. Esta disrupción nos permitió cambiar nuestra forma de trabajar. Exigió agilidad, coordinación y una escucha activa de las prioridades de los países. 

Fue una revolución. La pandemia marcó un antes y un después. Quebramos la inercia y empezamos a trabajar de forma virtual. FAO empezó a funcionar como una sola máquina, integrada, como un gran equipo funcional. Tuvimos reuniones regulares para monitorear la situación con las divisiones clave de la sede y las regiones. Teníamos información en tiempo real sobre el estado de la pandemia y de nuestras oficinas. 

Pudimos identificar nuevos problemas y demandas emergentes desde los países y regiones, y recibimos respuestas de políticas corporativas dentro de días para orientar las políticas públicas nacionales. Logramos mantener el comercio internacional y los canales alimentarios nacionales abiertos, e instalar políticas públicas que ayudaron a evitar una crisis alimentaria mucho peor. También apoyamos planes de recuperación económica nacional con un sentido de urgencia que permitió mayor agilidad. 

Hoy no hay excusas para trabajar solos. Cualquier experto en cualquier país puede conectarse con centenas de otros expertos que enfrentan los mismos problemas. Yo empecé a conectarme directamente con colegas de Guinea Ecuatorial, Afganistán e Indonesia. En América Latina y el Caribe, los representantes incluso crearon un grupo de WhatsApp para conversaciones informales, algo que no existía antes. 

También me sentí feliz de formar parte de una organización que se preocupaba genuinamente por el bienestar físico y emocional de su personal. 

¿Cuál considera que ha sido el impacto más importante de la FAO en la región? ¿Puede mencionar alguna iniciativa significativa? 

Creo que el impacto más importante de la FAO en América Latina y el Caribe ha sido su capacidad para generar consensos regionales en torno a metas comunes, movilizar evidencia y acompañar técnicamente a los países para traducir compromisos en políticas públicas concretas. 

Gracias a la FAO, hoy existe consenso regional sobre el hambre cero. La región ha avanzado: estamos en una prevalencia del 4%, y debemos llegar a 2,5%. Países como Chile, Costa Rica, Cuba, Guyana y Uruguay ya están bajo ese umbral, y otros están en camino. 

También hay liderazgo parlamentario asociado al tema de hambre. Y existe una visión más amplia que aborda la malnutrición en todas sus formas, incluyendo la obesidad, tema en el que la región lideró a nivel global. Comenzamos a adoptar un enfoque sistémico que permitió ir más allá de las parcelas agrícolas, abarcando comercialización, abastecimiento, nutrición, desperdicio, entre otros. 

Un segundo impacto importante es el espacio que ahora ocupa la FAO en temas de cambio climático y biodiversidad. Antes estos temas no se veían como parte integral del trabajo de FAO. Hoy lideramos muchos de esos espacios y gestionamos portafolios por más de 500 millones de dólares.  

Un tercer impacto relevante es nuestro posicionamiento en el trabajo con comunidades dejadas atrás. FAO es de las pocas agencias con presencia y trabajo directo en los territorios más rezagados: pueblos indígenas, mujeres rurales, pequeños productores. Es un trabajo integral que combina producción, protección social, conectividad, acceso a servicios, innovación y empoderamiento económico. 

Aunque en teoría todas las agencias deberían estar ahí, muchas se han concentrado en zonas urbanas. FAO tiene un enorme potencial para liderar en zonas rurales donde hay recursos naturales y nuevas oportunidades energéticas, ayudando a gobernarlas con justicia social, económica y ambiental. 

¿Hay alguna otra transformación significativa que haya observado durante su paso por la FAO?  

Sí. Cuando empecé, FAO y la representación de países miembros estaba dominada por hombres, especialmente en posiciones de poder. En muchos eventos, yo era una de las pocas mujeres. Hoy, eso ha cambiado. Hay casi paridad de género en la sede, y muchos países miembros tienen mujeres liderando sectores clave, más allá de áreas tradicionalmente femeninas como nutrición o inclusión social. Aún falta mucho, pero nunca imaginé llegar hasta aquí. 

¿Cuáles han sido los desafíos de gobernanza en la región? 

Hablar de gobernanza en América Latina y el Caribe es hablar de transformación. Cuando llegué a FAO, a fines de los 90, la organización era sólida técnicamente, pero centralizada, lenta y enfocada en productos técnicos más que en resultados políticos. Con el tiempo se impulsaron reformas para dar voz a los países, fortalecer oficinas regionales, abrir espacios a la sociedad civil, pueblos indígenas y sector privado, y orientarse más a resultados. 

La región enfrenta desafíos como su diversidad política, desigualdades, tensiones entre países grandes y pequeños, brechas entre gobiernos. Aun así, hemos logrado alinear prioridades globales con necesidades locales, y la Conferencia Regional se ha consolidado como un espacio clave de concertación con alianzas estratégicas con CELAC, CARICOM, CAN, SICA y otros. Hemos pasado de una FAO vertical y centrada en Roma, a una más descentralizada, participativa y cercana. 

¿Qué lecciones aprendidas considera más relevantes para las nuevas generaciones? 

Primero, la importancia de una mirada estratégica, basada en evidencia y prospectiva. No basta con reaccionar a los problemas actuales, hay que anticiparse. Eso implica trabajar en temas emergentes como alimentación urbana, ciudades verdes, carbono azul, conectividad digital rural o alimentos impresos. Solo desafiándonos podremos mantenernos relevantes. 

Segundo, ejercer el liderazgo con humildad, escuchando siempre y reconociendo cuando estamos equivocados. Eso es clave para adaptarse y corregir el rumbo. 

Tercero, entender que los recursos financieros son fundamentales. Con poca inversión bien dirigida, se pueden lograr cambios enormes. Pero necesitamos alianzas, escala, y evitar proyectos pequeños revisados por burócratas sin urgencia. Tenemos que llegar hoy a millones, en tiempo real, con equipos que conozcan el terreno. De lo contrario, se pierde esfuerzo y voluntad, y eso no lo podemos permitir. 

* Las opiniones expresadas en estas entrevistas corresponden exclusivamente a los individuos en su calidad personal y no reflejan la posición oficial de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Estos excolegas de la FAO ya no están formalmente vinculados a la Organización, y sus declaraciones deben entenderse como reflexiones retrospectivas sobre sus experiencias profesionales, la evolución del discurso regional en torno a la seguridad alimentaria y las contribuciones de la FAO a las prioridades regionales. La FAO es un organismo especializado de las Naciones Unidas, neutral y no partidista, con un mandato técnico específico, y mantiene su compromiso de cumplir dicho mandato de manera imparcial y coherente con sus obligaciones hacia sus Miembros. Estas entrevistas no implican ningún aval por parte de la FAO a las ideas u opiniones expresadas. 

Entrevista