Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

Cultivar camarón en tierra seca: una estrategia que transforma medios de vida en Brasil


El camarón criado en agua salobre puede alimentar mucho más que personas: puede nutrir sueños de futuro en los rincones más secos del continente.

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En el Nordeste de Brasil, la reciente actividad acuícola ya impacta positivamente a cientos de familias en comunidades rurales.

FAO/Julio Vasconcelos

25/02/2026

Tradicionalmente, la imagen del semiárido brasileño ha estado ligada a la escasez de agua, a la sequía y a la dificultad de producir alimentos de forma continua. Pero una transformación silenciosa viene cambiando esa realidad: comunidades rurales del interior del Nordeste brasileño están adoptando la acuicultura de camarones como una alternativa de ingreso, aprovechando recursos locales y uniendo fuerzas por medio de la asociatividad.

El Ministerio de Pesca y Acuicultura (MPA) de Brasil, con la cooperación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), desarrolló un proyecto para apoyar a los acuicultores de pequeña escala de esta región, ofreciendo acceso a herramientas digitales que contribuyen al monitoreo y perfeccionamiento de la producción.

En coordinación con la asistencia técnica que brinda el Servicio Brasileño de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (Sebrae), la iniciativa está siendo implementada en seis ciudades del interior del estado de Alagoas, uno de los más pobres del país, para fortalecer la organización productiva local, a través de capacitaciones técnicas y formaciones sobre asociatividad y cooperativismo.

Actualmente, Brasil es el cuarto mayor productor mundial de tilapias, cultivo desarrollado en su mayoría por cooperativas en el sur del país. La apuesta del proyecto es que ese modelo de acuicultura pueda replicarse en toda la región Nordeste, generando ingresos para agricultores vulnerables. En Alagoas, ese proceso ha sido impulsado por el aprovechamiento del agua salobre en la región, que se ha convertido en una fuente de ingresos al ser utilizada para la producción de camarones marinos. Entre 2018 y 2023, la camaronicultura del Estado pasó de 435 toneladas a 1,6 millones de toneladas.

Aunque la actividad acuícola es reciente, ya impacta positivamente a cientos de familias.

Entre quienes se dedican al cultivo de camarón están Rejane Madalena de Alcântara, productora rural que mantiene a su familia con la venta de camarones; Marinho Eduardo Martins, agricultor que encontró en la acuicultura una nueva oportunidad de vida; y Iury Amorim, ingeniero pesquero, presidente de una cooperativa local y extensionista del proyecto.

Sus historias muestran cómo la combinación de conocimiento técnico, apoyo institucional y trabajo colectivo puede cambiar realidades.

Los nueve hermanos de Coité do Nóia

La productora Rejane Madalena de Alcântara, originaria de Coité do Nóia, en el interior de Alagoas, vio cómo su vida cambió gracias a la unión de la familia en torno a un proyecto común. Ella y sus ocho hermanos transformaron la antigua propiedad de su padre fallecido en un polo familiar de cultivo de camarones. El primer paso vino de uno de los hermanos, profesor de la red pública, que escuchó de un alumno sobre el éxito de la camaronicultura en la región.

Él creyó en el potencial de la actividad e invirtió parte de su salario para construir las primeras piscinas de cultivo en 2018. Con resultados positivos desde los ciclos iniciales, estimuló a los otros hermanos a seguir el mismo camino, financiando la construcción de nuevos estanques en el terreno. Hoy la familia opera 29 estanques: cada uno de los nueve hermanos gestiona sus propios módulos de producción y los sobrinos también participan en la actividad, formando una red de trabajo intergeneracional. Todos ellos integran la Asociación de Criadores de Camarón de Alagoas.

“La mejor parte es que ya conseguimos pagarle a nuestro hermano y ya tenemos ganancias”, celebra Rejane, que utiliza los recursos de las cosechas, para cubrir los gastos del hogar y garantizar el tratamiento continuo de su hijo, que necesita terapias regularmente. “Ese dinero hace toda la diferencia para nuestra familia. Comenzamos pequeños, con mucho esfuerzo, pero con apoyo técnico y dedicación, fuimos mejorando el manejo y aumentando la productividad”, cuenta.

La producción de camarones en el estado de Alagoas se triplicó en cinco años gracias a la combinación de conocimiento técnico, apoyo institucional y trabajo colectivo.

El regreso al campo con el camarón

Marinho Eduardo Martins creció ayudando a su padre en la agricultura de subsistencia en las cercanías de Arapiraca, el segundo municipio más grande del estado de Alagoas. La familia sembraba yuca, frijoles, tabaco y, principalmente, piña, uno de los pocos cultivos que prosperan con el agua salobre de la región. Sin embargo, como el rendimiento de la chacra era bajo, decidió irse a la ciudad, donde pasó más de diez años trabajando en fábricas.

Fue la camaronicultura lo que llevó a Marinho de regreso al campo, con estabilidad y perspectiva de futuro. Después de acompañar una visita técnica y ver el éxito de los vecinos con la producción de camarón, decidió invertir en el sector. “Mi padre pensaba que no iba a funcionar, que era arriesgado. Él quería seguir con la piña. Lo nuevo siempre genera desconfianza”, recuerda el productor.

A pesar de la resistencia de la familia, insistió, con la certeza de que el negocio funcionaría, y así fue. “Mi vida cambió radicalmente. Antes vivíamos siempre con lo justo, y hoy, con el camarón, tenemos un ingreso garantizado”, explica. Los dos estanques excavados de la propiedad producen camarones en ciclos de 60 a 90 días, generando un valor significativo para quien antes vivía de ingresos inestables.

Con el apoyo de la asistencia técnica y de la Asociación, Marinho fue aprendiendo sobre el manejo y se convirtió en una referencia de productividad en la región. Preocupado por el monitoreo del agua y del suelo, ha asegurado buenos resultados en la producción. “Si proporcionas un ambiente saludable, el camarón va viento en popa. Uso productos buenos, como probióticos, y hasta hoy no he tenido ninguna pérdida, solo ganancias”, celebra.


Iury Amorim presta asistencia técnica digital y orienta a los productores sobre buenas prácticas de manejo, siendo un puente entre el conocimiento técnico y los saberes locales. ©FAO/Luiza Olmedo

La apuesta por la asociatividad

Iury Amorim, Ingeniero pesquero, fue uno de los primeros en ver en la camaronicultura una alternativa viable para el desarrollo de Alagoas. Después de estudiar en el sur del país, regresó a su ciudad natal, Coité do Nóia, y vio en el agua salobre —común en el semiárido e inapropiada para riego o consumo— un recurso con gran potencial para producir camarones marinos. Inspirado en modelos exitosos en estados vecinos del Nordeste, como Río Grande del Norte, decidió construir el primer vivero excavado en un terreno de su propia familia.

El experimento atrajo la curiosidad de la comunidad. “Parecía un estacionamiento de autos, de tanta gente que venía a ver. Todos querían saber qué era”, recuerda. El estanque funcionó, los camarones crecieron sanos, y el entusiasmo se propagó. Con apoyo de la alcaldía y el incentivo técnico, Iury movilizó a otros productores de la región y fundó la Asociación de Alagoas. Hoy es presidente de la entidad, la que reúne a más de 80 familias, cuenta con cerca de 180 viveros activos, y produce más de mil toneladas de camarón por año.

Como extensionista del proyecto, contratado por la FAO, Iury también es responsable de prestar asistencia técnica digital y orientar a los productores de la región sobre buenas prácticas de manejo. Así, hoy actúa como puente entre el conocimiento técnico y los saberes locales. “Aquí, aprovechamos lo que nadie quería. El agua salobre, antes considerada un problema, se volvió la base de una economía familiar que cambia vidas”, afirma.

La experiencia acumulada a lo largo de los años también fortaleció la capacidad de articulación de la Asociación. Además de ampliar la producción, Iury y los demás miembros lograron abrir canales de comercialización y crear una estructura colectiva para la compra de insumos, lo que reduce costos y aumenta la autonomía de los productores. “Cada nuevo estanque representa una familia con ingresos, con dignidad, con esperanza”, resume.